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Full text of "Vivat Vivarium Web"

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Vivat vivar ium 


Vivan los viveros 


criadero de reptiles), un paludarium (un ambiente mixto, 
húmedo, con características de acuario y de terrario, ideal 
para anfibios). 

Al espacio donde se siembran y cuidan plantas para 
llevarlas posteriormente al lugar en que se han de instalar 
definitivamente se le dijo en español antes vivar { 1495) 
que vivero (1739), y en otras lenguas se usaron y se siguen 
usando términos como pépiniére, aplicado en Francia desde el 
siglo XVI al establecimiento donde se propagaban árboles con 
semilla ( pépin en francés) y luego a todo tipo de plantas; 
o nursery ; tomado del francés antiguo norreture y este del latín 
nutritia (alimento) y aplicado en Inglaterra primero al lugar 
donde quedaban los niños al cuidado de una nodriza y desde 
1560 también a un lugar dedicado a la propagación y cuidado 
de plantas. 

Pero los viveros, con ese u otros nombres según las lenguas 
y las épocas, existieron en todo tiempo y lugar donde se 
practicó el cultivo de especies vegetales, fuera con fines 
alimenticios, medicinales, forestales u ornamentales. Y decir 
«cultivo de plantas» significa que estas han sido seleccionadas 
intencionalmente y que han sufrido una «domesticación», 
un proceso que, cuando se pretende llevar a cabo en sitios y 
condiciones ambientales distintas de las del lugar donde la 
especie crece naturalmente, implica un manejo especial de 
adaptación: la aclimatación. 

La historia de los viveros se remonta por lo tanto al 
descubrimiento de la agricultura y se confunde con la historia 
de las huertas y de los jardines. Y, desde siempre, las huertas 
más productivas y los jardines más sofisticados, donde se 
hallaban las plantas más apreciadas, fueron invariablemente 
los palacios de los monarcas y las mansiones de las familias 
más opulentas que confiaban a jardineros-cultivadores la 
paciente tarea de cuidarlas y multiplicarlas. 

Los viveros modernos, con su tipología diferenciada 
según propósitos y escalas —productores o revendedores, 
mayoristas o minoristas, generalistas o especializados— son 
hijos de esos procesos históricos y sobre todo de la conmoción 
que provoca en la relación humana con el mundo vegetal 
la expansión colonial de Europa occidental por todos los 
continentes a partir de la Era de los Descubrimientos. 


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E n el mundo occidental, desde la 

Antigüedad hasta el Renacimiento la 
mayoría de las plantas que adornaban 
los jardines de Europa eran las nativas, a las 
que, con la expansión de los musulmanes por el Mediterráneo 
(siglos Vil a XV), se fueron incorporando algunas plantas 
bulbosas de Arabia y Asia Menor. Esa predominancia se 
mantuvo hasta mediados del siglo XVI. La introducción 
de especies exóticas que empezó con el descubrimiento 
de América en 1492 cambió radicalmente el aspecto de 
los jardines europeos en general, y de los de la región 
mediterránea en primer lugar. 

El tropel de aventureros navegantes y curas misioneros que 
siguieron las huellas de Colón, Vasco da Gama, Magallanes y 
Elcano llevaron a Europa pruebas de la existencia de una flora 
tropical increíblemente rica, compuesta de cientos de plantas 
extrañas. En menos de veinte años los europeos descubrieron 
tantas plantas como el total de las que habían conocido a lo 
largo de los dos mil años previos. 


La Era de los Descubrimientos 
(siglos XV-XVI) 


Durante las primeras décadas de la Era 
de los Descubrimientos, la mayoría de las 
expediciones hacia el Nuevo Mundo partía 
de la costa occidental de Andalucía. Sevilla, 
con la creación de la Casa de Contratación^, se convirtió 
en el eje obligatorio del comercio con los recién creados 
virreinatos. Muchas de las nuevas especies descubiertas se 
introdujeron en Europa a través de Sevilla y fue en los campos 
de sus alrededores donde se hicieron los primeros intentos 
de aclimatación y cultivo de plantas americanas. El iniciador 
de tales experimentos fue Hernando Colón, hijo natural de 
Cristóbal, en cuyo vivero se cultivaron cientos de plantas 
provenientes de América, que luego los mercaderes vendían 
por todos los reinos de Europa. 

( * } Creada por los Reyes Católicos en 1503 para administrar y controlar 
el tráfico con las Indias. Nadie podía ir al Nuevo Mundo ni fletar ninguna 
mercancía con ese destino sin pasar por la Casa de Contratación de 
Sevilla; y toda mercancía procedente de las Indias debía pasar por su 
control y pagar allí el impuesto del 20 % de su valor a la Corona. 



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Planisferio de Alberto Cantino (1502), el mapa más antiguo existente que muestra las expediciones de Colón al Caribe, de Corte Real a Terranova, 
de Vasco da Gama a la India y de Cabral a Brasil. Se señala también la línea del Tratado de Tordesillas. Biblioteca Estense, Módena, Italia 


Plantas americanas llevadas a Europa en la Era de los Descubrimientos 

El repertorio de plantas conocidas en Europa creció aceleradamente con los exploradores-conquistadores en 
los siglos XV y XVI, que llevaron a Europa las primeras plantas exóticas provenientes de los otros continentes. 
A modo de ejemplo, esta es una lista de especies introducidas en Sicilia. 


Achira 

Canna indica 

Copete 

Tagetes patula 

Palma chilena 

Jubaea chilensis 

Ají 

Capsicum annuum 

Dondiego de noche 

Mirabilis jalapa 

Palo borracho 

Chorisia insigáis 

Anacahuita 

Schinus molle 

Girasol 

Helianthus annuus 

Palo borracho 

Chorisia speciosa 

Ananá 

Ananas comosus 

Guayabo del país 

Acca sellowiana 

Palta 

Persea americana 

Araucaria 

Araucaria araucana 

Guayubirá 

Patagonula americana 

Papa 

Solanum tuberosum 

Barba de chivo 

Caesalpinia gilliesii 

Jacarandá 

Jacaranda ovalifolia 

Pindó 

Arecastrum romanzoffianum 

Butiá 

Butia capitata 

Maní 

Arachis hypogaea 

Pita 

Agave americana 

Castaña de cajú 

Anacardium occidentale 

Mburucuyá 

Passiflora edulis 

Sisal 

Agave sisalana 

Ceibo 

Erythrina crista-galli 

Nardo 

Polianthes tuberosa 

Tabaco 

Nicotiana tabacum 

Ciña ciña 

Parkinsonia aculeata 

Ombú 

Phytolacca dioica 

Taco de reina 

Tropaeolum majus 


6 • Entre Jardines n° 3 




C omo era de esperar, el 

interés por cultivar las nuevas 
especies se propagó a otros 
puntos de Europa. Las primeras 
experiencias exitosas de aclimatación fuera de España se dan en 
la campiña de las grandes ciudades-estado del norte y centro de 
Italia: Florencia, Venecia, Pisa, Milán y los Estados Pontificios. 
Los banqueros y comerciantes italianos enriquecidos con los 
fletes, los seguros, los préstamos usureros y el 
trasiego de mercancías a bordo de los veleros 
que se aventuraban a cruzar los océanos no 
podían dejar de explorar el valor potencial de 
las nuevas plantas. Estos mecenas astutos 
impulsaron la creación de las primeras 
cátedras de enseñanza de la botánica en las 
universidades y de los primeros orti botanici en 
sus predios: en Padua, Pisa y Florencia entre 
1543 y 1545; en Pavía, Bolonia y otras ciudades 
un poco después. Luego otras universidades 
de Europa seguirían el ejemplo: Leipzig y 
Heidelberg en Alemania, Cassel y Montpellier 
en Francia fueron de las primeras que crearon 
sus propias cátedras de botánica con sus 
respectivos jardines de experimentación. 

Estas instalaciones, que no eran otra cosa 
que viveros subvencionados, se distinguían de los 
jardines ornamentales por sus fines y por la forma 
de disponer las plantas, más funcional y didáctica 
que decorativa, pues su propósito era experimentar, producir y 
enseñar: un espacio cuadrado bordeado por un muro también 
cuadrado o circular, dividido en cuatro partes por dos avenidas 
perpendiculares orientadas según los puntos cardinales. Cada 
cuarto estaba fraccionado en pequeñas secciones donde se 
disponían las plantas de acuerdo 
a su procedencia: las de Oriente 
en la parte este, las meridionales 
en el sector sur, etc. Interesaba 
por supuesto investigar las 
propiedades medicinales de 
las nuevas especies (la lepra, la 
sífilis y otras enfermedades que 
habían causado estragos en la 
Edad Media seguían castigando 
a la población) pero también 
sus posibles usos culinarios y 
ornamentales. Los jardineros 
de los Medici plantaron ananá 
en Florencia, pero también 
achiras {Carina indica) y 
campanillas {Ipomoea sp.). 

El papa Clemente Vil (un Medici 
él también) introdujo en Roma el cultivo de porotos americanos 
tras recibir una bolsa de semillas que le regaló un cura de la corte 
española. De las huertas del Vaticano el cultivo se extiende a 
todos los Estados Pontificios y en poco tiempo los fagioli se 
incorporan a la dieta popular. En cambio los tomates— pequeños 
y amarillos como ciertos venenos— y los ajíes —tan picantes- 
pasan primero por un proceso de domesticación hasta que se 
logran variedades con aspecto y sabor al gusto de un público 
inicialmente reacio o desconfiado. 


En el siglo XVII la pasión por 
las plantas exóticas hace furor 
acompañando la moda de los 
grandes jardines de placer en las 
mansiones de ricos propietarios de Holanda, Bélgica, Alemania, 
Inglaterra y Francia, pues tener un jardín lleno de especies raras 
—medicinales, ornamentales y para el consumo— pasó a ser la 
marca visible del poder. 

Inspirados en los orti botanici italianos, el 
trazado del jardín y las construcciones debían 
forman una unidad donde reinara el orden 
y la armonía. Al mismo tiempo, apelando 
a diferentes medios físicos, se intentó 
reproducir los ambientes naturales exóticos 
para cultivar allí las plantas más diversas 
y exigentes, traídas de todos los confines: 
geranios, dalias, higos, café, bananas, 
tabaco, jazmines, hortensias, y variedad de 
palmeras, suculentas y cactáceas. 

Cuando se construyó el palacio de Versalles 
y su parque (1661-1686), muchos campesinos 
de los alrededores se convirtieron en 
proveedores de frutas frescas y hortalizas 
selectas para las cocinas del palacio y de 
plantas ornamentales para los jardines, 
creando sus propios viveros y huertas que se 
sumaron a las instalaciones dentro del predio 
del castillo: el Potager du Roi (la huerta) y la 
Orangerie (el invernadero). Si bien los invernáculos se conocían 
desde la Antigüedad, los avances técnicos en la manufactura 
del vidrio durante el Renacimiento habían permitido fabricar 
paneles de este material para cubrir sus techos y agrandar 
considerablemente sus estructuras. Así nacieron los limonaia en 

Italia, adonde se guardaban los 
cítricos durante el invierno y se 
cultivaban frutas y hortalizas 
fuera de estación. En Versalles 
la enorme Orangerie se 
construyó entre 1684 y 
1686; se compone de una 
galería central abovedada de 
150 metros de largo, con altas 
ventanas y grandes puertas, 
más dos galerías a los lados. 

En su interior podía albergar 
tres mil naranjos, palmeras 
datileras, granados y otros 
frutales. 

Pero lo que funcionaba 
para los inviernos de Italia no 
bastaba para las temperaturas 
más frías de Francia, así que había que calentar la Orangerie con 
grandes braseros de carbón. El sistema era tan poco práctico 
que las plantas terminaban negras de hollín y medio muertas al 
llegar la primavera. 

Pese a estos y otros percances (y también gracias a ellos) los 
jardines de aclimatación de los siglos XVI y XVII, con su doble 
función decorativa y experimental, contribuyeron al avance de 
la ciencia botánica y promovieron nuevas modas en el diseño 
paisajístico de los espacios públicos y privados. 


Las rarezas en el jardín y en la mesa 
(siglo XVII) 



Detalle del cuadro Mangiafagioli 
(hombre comiendo porotos) 
de Annibale Carracci (1583) 



Orangerie del palacio de Versalles. Sin datos de autor 



Entre Jardines n° 3 • 7 


E n el siglo XVIII la avidez por conocer 
la flora de los territorios lejanos y 
ampliar el repertorio de plantas con 
valor comercial da impulso a la contratación 
de naturalistas botánicos para participar en 
las expediciones «científicas» patrocinadas 
por los gobiernos de las potencias dominantes, que compiten 
unas con otras por llegar primero a territorios inexplorados, 
conocer su geografía, perfeccionar la cartografía y, en lo 
posible, instalar enclaves 
con la doble función de 
proporcionar puertos 
de escala para las naves 
compatriotas y servir como 
base de operaciones para la 
extracción y acopio de los 
recursos naturales de tierra 
adentro. 

En el imaginario europeo, 
la naturaleza tropical era 
refractaria a la investigación. 

Explorarla era develar lo 
que se presentaba como 
algo oscuro y misterioso. 

«La Naturaleza, admirable 
y fecunda, escamotea sus maravillas al punto de que parece 
que lo hiciera a propósito», dice un explorador del África 
ecuatorial. «Los viajes de exploración son guerras que se libran 
contra la Naturaleza para arrancarle sus secretos", afirma otro 
explorador de la Amazonia. 

Pero las guerras que en verdad se libraban sin metáfora y 
sin cuartel no eran contra la misteriosa Naturaleza, sino entre 
las potencias de la época, que desplegaban encarnizados 
esfuerzos por imponer o 
arrebatarse las unas a las 
otras el control del comercio 
de ultramar. Un ejemplo 
típico es el desplazamiento 
de los portugueses por la 
Compañía Holandesa de 
Indias, que se instaló en 
las islas Molucas en 1599 y 
mantuvo bajo su control el 
negocio de las especias —en 
particular de la nuez moscada 
y el clavo de olor ( * } — hasta el 
siglo XIX. 

En el último cuarto del 
siglo XVIII la lucha por las 
fuentes de abastecimiento 
de especies exóticas y sus 
derivados (café, azúcar, cacao, 
especias) vuelve apremiante 
la necesidad de contar con 
más formas de obtenerlas. Empiezan entonces los intentos de 
transformar los enclaves extractivos en dominios coloniales 
con plantaciones propias, que permitan quebrar los respectivos 
monopolios de la «Compañía de Indias» del Estado rival. 

Así, cuando los colonos holandeses, británicos, franceses 
y belgas empiezan a ocupar los territorios conquistados en 


África, Asia, América y Oceanía, aparecen los 
llamados jardines experimentales— espejo de 
los jardines de aclimatación que ya existían en 
las metrópolis— adonde se llevan plantas de la 
selva local pero también de otras colonias para 
aclimatar in situ las especies más apreciadas. 

De Costa de Marfil a las Antillas, de Mozambique a Porto 
Novo, en Guinea, en Ceilán, en Indonesia se instalan estos 
viveros coloniales donde se experimenta con especies vegetales 

de todos los continentes. El 
desafío económico que pesa 
sobre estos establecimientos 
es inmenso. Plantas y semillas 
se intercambian entre sus 
administradores para probar 
un abanico lo más variado 
posible de especies en cuanto 
a usos, requisitos para el 
cultivo y rendimiento. 

Robar semillas del 
territorio bajo el dominio 
de una potencia rival, 
transportarlas a una colonia 
propia y aclimatarlas en un 
jardín experimental a fin de 
desarrollar su cultivo se convierte en un asunto de Estado y 
da lugar a enfrentamientos armados, acciones de piratería, 
espionaje y contrabando. Y también da un impulso decisivo a 
la investigación en botánica y a la formación en horticultura, 
porque tan indispensable como obtener las semillas es saber 
cultivarlas. El Potager du Roi del palacio de Versalles se convierte 
en institución de enseñanza desde fines del siglo XVIII; con 
variaciones en su nombre y atravesando por distintos regímenes 

políticos y administrativos se 
mantiene hasta el presente y 
es la actual École Nationale 
Supérieure du Paysage. Kew 
Gardens, en Londres, es el 
centro de referencia británico 
en materia de enseñanza, 
investigación y aclimatación. 

En sus instalaciones fue 
donde se logró propagar 
por primera vez fuera de 
Sudamérica el árbol del 
caucho ( Hevea brasiliensis) y 
la quina ( Cinchona officinalis), 
planta de la cual se obtiene la 
quinina sin la cual los europeos 
no hubieran podido enviar 
colonos y ejércitos a territorios 
de África y Asia afectados por 
la malaria. 


( * } Aunque hoy se le dice especias a muchas herbáceas aromáticas que 
se utilizan como condimentos, originalmente el término aludía a las 
semillas o cortezas de ciertas plantas originarias del Extremo Oriente y 
en especial de las Islas de las Especias (Molucas), que se usaban no solo 
como condimento sino en preparados medicinales. 


De botánicos exploradores 
a colonos viveristas 
(siglos XVIII y XIX) 




Juego de ajedrez de la Compañía Británica de las Indias Orientales, 1840. 
Era una verdadera partida de ajedrez botánica la que se jugaba entre las 
redes de viveros metropolitanos y coloniales de las grandes potencias a 
escala planetaria. Foto: Tim Crumiller 


8 • Entre Jardines n° 3 







D esde la Era de los Descubrimientos 
los exploradores y comerciantes que 
pretendían hacer llegar a Europa 
muestras de las plantas que encontraban 
tenían que contentarse con transportar 
semillas o raíces secas, que no siempre 
prosperaban en destino. Las plantas vivas 
que se transportaban en barriles sobre la 
cubierta de los barcos casi siempre morían 
durante la travesía a causa del viento, el 
aire salado y la falta de agua dulce. Desde 
1833, un invento del naturalista británico 
Nathaniel Ward (1791-1868) permitió 
resolver el problema. Buscando proteger 
los heléchos de su jardín del humo industrial 
y las lluvias ácidas del cielo londinense, 
había colocado algunos ejemplares dentro 
de frascos de vidrio y al tiempo observó 
que se mantenían en buen estado incluso 
con poca tierra, y que las esporas que 
caían en el interior de los receptáculos 
también se desarrollaban 
perfectamente. Se le 
ocurrió entonces probar 
la utilidad de su hallazgo 
enviando dos cajas de 
vidrio conteniendo 
heléchos desde Londres 
a Sidney, un viaje que 
insumía varios meses. 

Las plantas llegaron 
bien y al regreso se 
usaron los recipientes 
para transportar plantas 
endémicas de Australia que 
nunca antes se habían visto 
en Inglaterra. 

Las cajas de Ward 
funcionaban como 
invernáculos portátiles de 
pequeñas dimensiones: 
mantenían la humedad 
constante gracias a la condensación del agua 
en las paredes de vidrio y permitían que las 
plantas recibieran luz del sol protegidas del 
viento y del salitre. En ellas los jardineros 
botánicos de Kew pudieron enviar a las 
colonias británicas seis veces más plantas 
entre 1832 y 1847 que a lo largo de los 
cien años previos, revolucionando el mapa 
agrícola colonial. En 1876, luego de lograr la 
germinación de semillas traídas de Brasil en 
los invernáculos de la institución, enviaron 
plantas de Hevea brasiliensis a Ceilán (hoy 
Sri Lanka) y Malasia, dando comienzo 
a la producción de caucho; treinta años 
después las plantaciones del sudeste asiático 
reemplazarían la producción de las selvas 
brasileñas. 


Fue también en cajas de Ward que en 1848 
el cazador de plantas y miembro de la Royal 
Horticultural Society of London Robert 
Fortune envió clandestinamente veinte mil 
plantas de té Camellia sinensis de Shangai 
(China) a la región de Darjeeling en la India. 

La explotación comercial empezó en 1850 y 
pronto el té que se producía allí se convirtió en 
un favorito de los aficionados a la infusión. 

Simultáneamente, la máquina de vapor que 
el escocés James Watt perfeccionó a fines del 
siglo XVIII y que, gracias a su aplicación en las 
manufacturas, proveyó la base tecnológica 
de la primera Revolución Industrial también 
permitió liberar la navegación de la tiranía del 
viento y las corrientes favorables. Los barcos 
a vapor marcaron un avance decisivo en la 
conquista de las rutas marítimas y, junto con 
la caja de Ward, alentaron la instalación de 
viveros coloniales por todos los continentes. 
Hacia 1900, cada uno de los territorios de 
ultramar franceses, 
británicos, holandeses 
y belgas contaba con un 
jardín experimental, que 
en conjunto formaban 
redes coordinadas y 
controladas por los 
jardines botánicos de las 
respectivas metrópolis y 
empleaban a cientos de 
botánicos cultivadores. 

Nunca antes se había 
dado una puesta en 
movimiento de tanto 
vegetal vivo y de manera 
tan organizada. Los 
jardines experimentales 
de las colonias y los 
de aclimatación de las 
metrópolis aumentaron 
decisivamente la 
utilización en Europa de plantas ornamentales 
americanas, africanas y asiáticas, muchas 
de las cuales con el transcurso del tiempo se 
convirtieron en especies tan comunes en los 
jardines y en la gastronomía de las metrópolis, 
que relegaron a muchas especies nativas a un 
papel secundario. 

Al tiempo que en los trópicos se iba 
transformando la distribución continental de 
cultivos como el cacao, el algodón, el café, el 
maíz, la caña de azúcar, la canela o la vainilla, 
en Europa florecían los tulipanes de Asia 
Menor, la santa rita de Brasil, los jazmines de 
Oriente, la camelia de Filipinas, la magnolia 
de Virginia, y se adornaban los otoños con el 
liquidámbar de California, el olmo del Cáucaso, 
el gingko de la China y el arce del Japón. 


Watt y Ward 


Caja de Ward, siglo XIX 


Buque a vapor en el puerto de El Havre 


Los «jardines embotellados» de hoy se 
inspiran en la caja de Ward. 


Entre Jardines n° 3 • 9 


L as tareas y la relación con la naturaleza 
en el jardín experimental propician una 
mentalidad opuesta a la del naturalista 
explorador del siglo XVII y buena parte del 
XVIII. El explorador estaba de paso, todo su saber y su energía 
consagrados a hacer frente a las adversidades geográficas y 
climáticas. Sus excursiones eran en general breves, sujetas 
a plazos y condiciones que no podía controlar libremente. 

Los botánicos que se instalan en los viveros de ultramar, en 
cambio, ya no son aventureros exploradores, sino jardineros 
horticultores previamente formados en los 
jardines de aclimatación de las metrópolis. 

Van preparados para ocuparse de procesos 
de larga duración, desde la semilla hasta 
la planta madura, en lugares diseñados y 
construidos para someter la naturaleza a 
experimentación sin exponerse a los riesgos 
físicos y emocionales que acechaban a todo 
aquel que se internara en la apabullante 
exuberancia de la selva. 

Pero la diferencia no se agota allí. Los 
viveros coloniales, surcados por avenidas 
cuidadosamente trazadas que distribuyen 
el espacio con una lógica precisa, cumplen 
una función simbólica: demostrar la 
superioridad del hombre blanco, capaz de 
transformar el entorno y de «civilizar» la 
naturaleza tropical. Expresan la voluntad de 
crear un mundo productivo bien ordenado 
y más eficiente que el de los nativos, que 
se contentan meramente con cultivar 
una extensión de terreno suficiente para 
obtener su alimento. Para quienes llegan 
con la idea de que la naturaleza no es 
más que un simple reservorio de recursos 
exportables, la agricultura local es vista 
como carente, con lagunas que hay que 
colmar. «El negro no sabe y es incapaz de 
valorar su propio entorno», escribe en 1898 
Paul Teissonnier, egresado de la Escuela 
Nacional de Horticultura de Versalles 
y encargado del vivero de la Guinea 
Francesa. Así piensa el europeo colonizador 
promedio, que se atribuye generosamente 
la misión de develar y explotar esos 
recursos que los nativos no saben apreciar. 

A leguas de distancia, circulan en las 
tertulias sociales y en la prensa se pueden 
leer opiniones como esta: «La lujuriante 
naturaleza de los trópicos prodiga la riqueza; de ese suelo 
en perpetua fermentación transpiran naturalmente los 
productos. Todo se ofrece generosamente; basta con saber 
tomar...». Pero la experiencia sobre el terreno desmiente esa 
romántica simplificación. Aplicando una sencilla regla de tres 
sobre el rendimiento de los cultivos que había ensayado a la 
pequeña escala de su jardín experimental, el responsable del 
establecimiento pronostica el rendimiento de una plantación 
de bananas en 120 toneladas por hectárea. La realidad resultó 
diez veces menor. Los suelos eran fértiles, sí, pero muy 


vulnerables y ciertos cultivos agotaban los 
nutrientes a un ritmo inesperado; el algodón 
no soportaba el exceso de humedad de 
una estación de lluvia muy prolongada; las 
plantas jóvenes de cacaotero no sobrevivían si no era con tres 
riegos semanales y protegidas del sol demasiado ardiente en 
la estación seca... En suma, los métodos y cuidados válidos 
a la escala de un vivero de una decena de hectáreas, donde a 
cada planta se le podía prodigar una atención cotidiana casi 
individual, no eran trasladables sin más a la extensa superficie 
de las plantaciones. 

Pero si los jardines experimentales 
«fracasan» al chocar con los límites 
naturales de la aclimatación a gran 
escala, en cambio resultan eficaces y 
hasta indispensables cuando se trata 
de acomodar el universo vegetal de las 
ciudades coloniales, en las que están 
instalados cientos o miles de europeos, al 
modelo idealizado de lo que debe ser el 
paisaje urbano colonial: tropical, sí, pero 
bien ordenado y prolijito. Y, en lo posible, 
embellecido con un toque europeo. Es 
que los colonos, transplantados de su 
terruño, tampoco se aclimatan fácilmente. 
Así como conservan fielmente su ajuar y 
sus costumbres, poco tiempo después de 
su llegada y tras un momento inicial de 
novelería empiezan a añorar las verduras 
y las frutas de su tierra, los perfumes, las 
flores y los colores de su paisaje natal. Los 
viveros coloniales se esfuerzan entonces por 
cultivar hortalizas europeas para el consumo, 
aclimatar rosas, geranios, claveles, dalias 
y otras plantas elegantes y perfumadas 
para los jardines, y proporcionar árboles 
de sombra para plantar en las avenidas 
alineaciones similares a las de las metrópolis. 

La ciudad colonial tiene que resultarle 
familiartambién a los que están de paso. 

Los comerciantes en viaje de negocios, 
los funcionarios que pasan de un puesto a 
otro, el experto en misión deben encontrar 
rápidamente sus puntos de referencia: un 
trazado en damero, una estación de tren, una 
oficina de correos, laureles en flor, avenidas 
arboladas y cocoteros al borde de la playa. 

La práctica de la jardinería se incorpora 
al modo de vida colonial como un deporte 
más. En las misiones religiosas, en los destacamentos 
militares, en las casas de los comerciantes y en las mansiones 
de los funcionarios los colonos jardineros juegan al croquet y 
ponen a prueba su habilidad compitiendo por la variedad y el 
refinamiento de sus plantas, entre las cuales poco lugar hay 
para las especies locales. Así se va construyendo una imagen 
del universo colonial uniforme y cosmopolita, forjada primero 
en el recinto de los viveros coloniales y reproducida por todos 
lados gracias a la red de intercambio entre establecimientos 
que encuentran nuevas razones de ser y de hacer. 


Una cosa es descubrir, 
otra es domesticar 



Jardín d'essai, St. Fierre, Martinica 


10 • Entre Jardines n° 3 



El trasiego de plantas a través de las redes 
de jardines de aclimatación de las metrópolis 
y jardines experimentales de las colonias 
trastornó profundamente el mapa agrícola 
y botánico del espacio intertropical, con costos ambientales y 
humanos muy altos. 

Siguiendo un razonamiento simplista de tipo «si esto crece 
aquí, crecerá también allá», apenas el transporte marítimo 
dejó de ser un obstáculo los europeos se lanzaron a diseminar 
los cultivos. El material vegetal no solo viaja de un lugar a otro 
sino que es cruzado, seleccionado o desechado con el fin de 
obtener nuevas variedades, más bellas o más productivas. 

El siglo XIX es el siglo de la creación varietal. 

En el afán de «contribuir a la expansión del comercio y la 
riqueza de la nación» cueste lo que cueste, los colonos mandan 
desmalezar donde les parece y arrasan con la flora nativa para 
imponer floras que, por más tropicales que fuesen, no dejan de 
ser exóticas y cuyo cultivo en muchos casos obliga a cambiar 
el suelo, a regar permanentemente en épocas de sequía, y 
a combatir las pestes y enfermedades que de la noche a la 
mañana pueden arruinar una cosecha. 

Así, practicada con los métodos y mentalidad del país 
colonizador, sin suficientes conocimientos de las plantas y 
de su medio de origen, ni de las aptitudes y condiciones del 
nuevo lugar de plantación elegido (ni hablar de los peligros 
de orden fitosanitario, que se pasaban por alto alegremente), 
la agricultura «civilizadora» provocó, en muchos casos, la 
destrucción de recursos naturales de manera irreversible, y 
contribuyó además a la introducción de plantas invasoras. 

La domesticación y la aclimatación son actos complejos que 
conjugan el conocimiento del vegetal junto con el de los sutiles 
equilibrios ecológicos del medio donde crece y del medio 


adonde se lo introduce —conocimientos 
que se adquieren y decantan con una 
experiencia sostenida a lo largo del 
tiempo—. Por eso, los primeros «viveristas» 
son siempre, de hecho, los cultivadores aborígenes de cada 
lugar, aunque en la mayoría de los casos la labor original 
de domesticación y aclimatación se pierde entre el mito y 
la memoria, subsumida en el culto a una divinidad o en la 
veneración de una «herencia ancestral». Pero no se puede 
negar que, gracias a prácticas tradicionales transmitidas de 
generación en generación en América, África y Oceanía mucho 
antes de la llegada de los europeos, estos pudieron encontrar 
decenas (en verdad, cientos) de especies alimenticias y 
ornamentales ya domesticadas que adoptaron y adaptaron de 
acuerdo con sus propios fines, dejando en la sombra muchos 
conocimientos y hallazgos de los cultivadores locales, que no 
advirtieron o que menospreciaron porque no se prestaban 
directamente a sus intereses inmediatos. 

En las primeras décadas del siglo XX los numerosos fracasos 
y la paulatina comprensión de la biogeografía de las colonias 
conducen a replantear las funciones y la utilidad de los 
jardines experimentales. Las estaciones agrarias de grandes 
dimensiones empiezan a reemplazar a los viveros coloniales 
como lugares de experimentación directa, en condiciones 
que se asemejan todo lo posible a las de la plantación real. Se 
instalan lejos de los centros urbanos y cada una se especializa 
en solo uno o dos cultivos. 

En las metrópolis la mayoría de los jardines de aclimatación, 
convertidos en nombre y en función enjardines botánicos, 
se mantienen como centros destinados a la enseñanza de la 
botánica y a la conservación de la biodiversidad, y también 
funcionan como parques públicos. 


Vivarium 

lugar de vida 



Real Jardín Botánico de Kew, Londres. Ocupa 120 hectáreas y posee una colección 
de más de 50.000 especies vegetales vivas. Su herbario, con 7 millones de muestras, 
es uno de los más grandes del mundo. Foto: Lucy Brown 


Entre Jardines n° 3 • 11 


La introducción y aclimatación de 
especies en Uruguay 


M uchas de las plantas comestibles y ornamentales que 
hoy nos resultan familiares llegaron a nuestro país 
con los fundadores de Montevideo. 

Ya desde los primeros tiempos de la conquista los españoles 
habían ido trayendo a América productos de consumo a 
los que estaban acostumbrados: trigo, aceite, ganado, vid, 
porque sus paladares no aceptaban fácilmente los alimentos 
que cultivaban los nativos (maíz, papa, boniato, mandioca, 
porotos, palta, quinoa...), pero que a ellos les parecían 
insípidos. El arzobispo de México pedía que se trajeran 
cosas de España para evitar que los españoles estuvieran 
«piando por Castilla». Y 
por supuesto, la tarea 
evangelizadora tampoco 
era concebible sin pan y 
sin vino. De modo que 
importaron semillas, 
plantas medicinales y aun 
flores para reconstruir en 
todas partes su paisaje 
nativo, proyectando 
sobre el Nuevo Mundo 
el sistema de vida que 
conocían y añoraban. 

El Uruguay colonial no 
fue una excepción y las 
primeras experiencias de 
aclimatación de especies 
importadas fueron, por lo tanto, las chácaras. En 1727, recién 
fundada Montevideo, se produce un primer reparto de tierras 
sobre el arroyo Miguelete, junto con la entrega de semillas, 
herramientas y ganado. Con esta iniciativa la corona española 
buscaba asegurar la provisión de alimentos a la plaza fuerte 
y fomentar el afincamiento de colonos. Año tras año otras 
chacras se fueron agregando y algunas dividiendo, de modo 
que su número fue aumentando y hacia 1760 ya se contaban 
más de cien, separadas entre sí por zanjas plantadas con 
ágaves. Así en pocas décadas el cultivo de hortalizas, cereales 
y frutales sumado al de algunas flores y árboles ornamentales 
fue transformando el paisaje rural de los alrededores de 
Montevideo y relegando la flora nativa a la orilla de los arroyos. 


Un ejemplo conocido es la chacra de Dámaso Antonio 
Larrañaga, donde se dice que este había logrado aclimatar 
personalmente y cultivar decenas de álamos, laureles, 
acacias, moreras, olivos, nogales y pinos, además de 
naranjos, perales, durazneros, higueras, guindos y viñas. 

En el siglo XIX las chacras fueron cambiando de dueño 
y también se fueron fraccionando. Durante la Guerra 
Grande (1839-1852), varias familias partidarias de Oribe 
dejaron la ciudad sitiada para instalarse en sus chacras 
y, una vez levantado el sitio, algunas las convirtieron en 
residencias permanentes, otras en refugios veraniegos. 

El ejemplo fue imitado 
por inmigrantes 
europeos de reciente 
fortuna (como José 
de Büschental) o 
gobernantes amantes 
de la ostentación (como 
Máximo Santos) y las 
antiguas chacras dieron 
paso a las quintas, 
con sus mansiones y 
parques enjardinados 
para los que se 
introdujeron gran 
número de especies 
exóticas. 

Aquí, al igual que en 
las colonias europeas de América, África y Asia en la misma 
época, hacían falta técnicos capaces de llevar a cabo los 
delicados procesos de aclimatación que se requería: hubo que 
ir a buscarlos a Europa, o convencer de quedarse a alguno que 
estaba de paso. Fueron los viveristas pioneros, y su trabajo 
se volcó a grandes obras privadas o al enjardinado de los 
primeros parques públicos. 

Los viveros-empresas semejantes a los que conocemos 
hoy van apareciendo con la llegada masiva de inmigrantes 
europeos a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, 
y japoneses en la década de 1940, que instalaron sus 
establecimientos en la periferia de Montevideo y de varias 
capitales departamentales. 



Una postal del Arroyo Miguelete cien años atrás 



Arroyo Miguelete desde el puente sobre la calle Uruguayana en la actualidad 


12 • Entre Jardines n° 3 


Los pioneros 


Pierre-Antoine Margat (1806-1895) 

Hijo de una familia de horticultores de Versalles, se formó en 
la por entonces ya famosa Escuela Nacional de Horticultura 
que funcionaba en el parque del castillo. Interesado en 
conocer la flora de Chile, se embarcó en 1838 con ese destino. 
El barco hizo escala en Montevideo, donde Margat conoció 
a un vecino acaudalado —cuyo nombre se desconoce— que 
le ofreció quedarse a vivir y a trabajar en su quinta. A poco 
de establecido, se casó con una mujer uruguaya y fundó su 
Establecimiento de Horticultura y de Aclimatación en la zona 
del Cordón. 

En 1858 adquirió un gran solar en Burgués 3208 (hoy 
dependencia del Ministerio de Ganadería, Agricultura y 
Pesca), adonde trasladó el próspero vivero, muy reputado 
por su colección de camelias y otros arbustos con flores que 
fueron a adornar los jardines privados y también los espacios 
verdes públicos diseñados por su compatriota Charles Racine. 
Murió en Montevideo a los 89 años. 


A medida que 
avanzaba el siglo 
XIX la utilización 
del vidrio en la 
construcción 
adquirió vuelo, 
primero en Europa y 
luego en los países 
bajo su influencia. 

Se empezaron a 
construir los primeros 
invernaderos 
completamente 
vidriados y surgió 
la moda de agregar 
estas estructuras 
al jardín de toda 
residencia de 
prestigio. Un 
invernadero de esa 
época que puede 
verse todavía hoy en 
Montevideo es el de 
la quinta de Máximo 
Santos en avenida de 
las Instrucciones. 
Foto: Emilio Bianchi 
Zaffaroni 


Thomas Tomkinson Peake 

Nacido en Alemania de padres ingleses, llegó a Uruguay 
en 1828, con 24 años y sin dinero. Consiguió un modesto 
empleo en una empresa importadora británica de la que al 
tiempo se convirtió en socio y luego en dueño. Hizo fortuna 
desplegando sus negocios en todas las ramas lucrativas de 
la actividad económica de la época: la banca, los saladeros, 
el comercio de importación y exportación, el ferrocarril, el 
gas, y también la publicidad y la cría de caballos de carrera. 
Entre 1839 y 1853 fue comprando en la zona de Rincón 
del Cerro varias de las fracciones de tierra en que se había 
dividido la antigua estancia del Rincón del Rey, y empezó a 
importar y cultivar especies exóticas forestales: magnolias, 
cedros, cipreses, araucarias, olmos, robles y, particularmente, 
eucaliptos para fabricar con su madera los durmientes de 
las vías férreas, y plátanos para plantar en las avenidas de la 
ciudad. También cultivó variedad de frutales y en este rubro 
su vivero se destacó por la calidad de los duraznos Pavía, que 
se exportaban con gran éxito a Buenos Aires. En ese predio, 
que llevaba el sugestivo nombre de «La Selva», hizo construir 
también su casa de descanso, donde murió en 1879. 

Algunos de sus herederos continuaron el negocio durante 

varias décadas, salvo 
una fracción de quince 
hectáreas que fue 
donada a la intendencia 
de Montevideo para el 
futuro parque público 
que llevaría su nombre. 
Cuando en 1933 se 
decidió el remate de la 
propiedad, las tierras se 
dividieron en fracciones 
de grandes dimensiones 
con la idea de que 
los compradores no 
talaran las plantaciones 
forestales. 

Se dice que en vida de 
Tomkinson un capataz 
de La Selva le entregó 
plantines de eucaliptos a 
José de Büschental, para 
plantarlos en el parque 
del Buen Retiro, su casa 
quinta sobre el arroyo 
Miguelete. Era una de las 
especies exóticas más 
codiciadas del momento 
y Büschental no la tenía. 



Entre Jardines n° 3 • 13